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Aterrizando Sueños


Ser piloto requiere de 42 horas de vuelo como mínimo para obtener licencia, con un costo desde $2 millones, pero para mantenerse activo hay que tener
12 horas anuales en el cuerpo.

Lo que muchos ven como una actividad inalcanzable, cientos de personas han podido demostrar lo contrario. Es que llegar a ser un piloto civil no es un sueño tan "elevado". He aquí testimonios de empresarios, ligados al mundo aéreo a través de un club, de cómo se iniciaron y cómo conjugan su vida laboral con este pasatiempo.

El Cielo Como Meta

 
  TABU. Max Weinstein comenzó desde muy chico con su gusto por los aviones, cuando armaba aeromodelos, pero en su casa este era un tema tabú.

En 1928 se creó el primer Club Aéreo de Chile, que inicialmente era una rama de la aviación militar y contaba con varias sedes a lo largo del país. Una de estas se desprendió dando origen al Club Aéreo de Santiago, que desde 1954 se encuentra en las instalaciones del Aeródromo de Tobalaba. Esta asociación junto con el Club Aéreo de Carabineros son los propietarios del lugar, siendo un aeródromo privado, pero de uso público. Hay más de 400 aeronaves (380 aviones y 40 helicópteros), de las que sólo 40 pertenecen al Club de Santiago y 150 son privados de los socios.
"Captamos nuevos socios a través de los cursos de vuelo", asegura Max Weinstein, presidente del club, quien agrega que forman sólo dos cursos al año, en otoño y primavera, con 25 alumnos cada uno, por lo que cuentan con 50 nuevos pilotos anuales. El curso consiste en 42 horas de vuelo como mínimo, con un costo desde $2 millones. La cuota de incorporación es de 50 UF, para los que hicieron las instrucciones en el mismo lugar, y después hay que cancelar 1,5 UF mensual. Si ya se es piloto, debe pagar entre 100 UF y 200 UF, dependiendo de la procedencia. Todo esto les da derecho a ocupar las instalaciones, como la sede social, piscina, cancha de tenis, entre otros.
A raíz del cierre del Aeródromo de Cerrillos, lugar donde también estuvo funcionando el club, "la aviación en general sufrió bastante, ya que todos los detractores e involucrados tuvieron una pelea intensa y la imagen de la aviación quedó bastante deteriorada", afirma Weinstein, quien cree que actualmente se les ve como una actividad que hacen unos pocos sólo por diversión, dejando de lado la labor social que cumplen. "Siempre prestamos ayuda cuando hay catástrofes naturales o accidentes, para llegar a lugares remotos o de difícil acceso, donde prima la rapidez".
Weinstein, ingeniero químico, comenzó desde muy chico con su gusto por los aviones, cuando armaba aeromodelos, pero en su casa este era un tema tabú. Al pasar el tiempo, cuando pudo ser autosuficiente con sus recursos, ingresó en 1981 al club para hacer el curso de aviación y desde ese día no se desligó más a esta sociedad, siendo instructor y miembro del directorio hace ya 20 años.
Dentro de los socios conocidos del club se encuentran José Vidal, Carlos Cardoen e hijos, Andrónico Luksic, por mencionar algunos.
Si bien Rodrigo Amezaga, gerente general Banca Bci, no es socio de este club, también es un apasionado de la aviación. Su historia partió en los aires gracias al parapente, actividad que realiza con su hijo, y que luego fue derivando a los aviones cuando en 2004 sacó su licencia para esta especialidad e ingresó al Club de Curacaví. Hace un tiempo se compró un avión Cherokee 140 de segunda mano, que fue arreglando hasta sacarlo en vuelo. "Lo importante es pasar un buen rato, volar seguro y disfrutar", comenta Amezaga, quien comparte esta actividad los fines de semana junto a su familia. Para él, "volar es una disciplina que requiere estudios, control, planificación, prudencia, entre otros aspectos, y te da la posibilidad de moverte en tres dimensiones".

 
  DISCIPLINA. "Volar es una disciplina que requiere de estudios y te da la posibilidad de moverte en tres dimensiones", define Rodrigo Amezaga.
 
  INICIOS. "Comencé a volar en 1991, a los 36 años, y me arrepentí de no haberlo hecho antes", lamenta Arturo Diez.
 
  ORGULLO. "Una de las primeras palabras que aprendió a decir mi hijo fue avión", comenta Alexander Kaufmann.

Como un Pájaro

También ha tomado importante relevancia el Club de Aeroplanos de Chile, ubicado en plena Vitacura, en el Aeródromo Municipal de esta comuna, antiguamente conocido como Aeródromo Lo Castillo. Aquí no sólo los amantes de los planeadores se reúnen, sino que también de aviones y helicópteros. El club cuenta con 250 socios y 37 aeronaves, divididas en 27 planeadores y 10 aviones, a esto se suma las aeronaves particulares con los que mantienen ocupados constantemente los 50 hangares que posee. Arrendar un hangar cuesta 8,5 UF mensuales.
La cuota de inscripción es de 130 UF al ingresar y 70 UF una vez obtenida la licencia, luego se cancelan $42 mil mensuales. Para mantenerse en vuelo, hay que hacerlo al menos una vez cada seis semanas. "Con $60 mil mensuales podrías mantenerte en vuelo, pero con $100 mil que destines de tu presupuesto familiar podrás hacer 100 horas al año", expresa Arturo Diez, gerente del club, quien comenzó a volar en 1991, a los 36 años, y "me arrepentí de no haberlo hecho antes". Diez se siente orgulloso de pertenecer a la primera generación que puede volar como pájaro. Todas las anteriores no pudieron, es por esto que "cuando vuelo me siento muy afortunado de ser de esta generación que heredó esta tecnología", sostiene.
Alexander Kaufmann (38), ingeniero agrónomo y empresario del mundo agrícola, es socio de este club desde 1995 cuando realizó el curso de piloto en este lugar. Su padre, Miguel Kaufmann, lleva realizando esta actividad cerca de 40 años, por lo que nació inserto en este mundo. "Es algo que se aprende a querer mucho si se está en contacto todo el tiempo", explica, a su vez que indica arrepentirse al no haber empezado a volar mucho antes de lo que lo hizo. En planeador realiza alrededor de 80 a 100 horas de vuelo al año, gracias a que tiene el "privilegio de ser instructor de vuelo, donde le puedo enseñar a otras personas". Además de la parte docente, le gusta competir y para eso entrena constantemente. Junto a su padre y hermano comparten dos planeadores particulares de la familia que son de alta performance, uno es monoplaza (para una persona) y el otro, biplaza (para dos). Además, operan una línea aérea de aviación corporativa y de ambulancia aérea llamada Aerocardal.
Kaufmann espera poderle inculcar a su hijo esta actividad, así como lo hizo su padre con él, pero aún no puede por su corta edad (un año y medio). Por el momento se conforma con que una de las primeras palabras que dijo su primogénito fue "avión".


Con los Pantalones Bien Puestos

Si bien siempre se asocia esta actividad al sexo masculino, hay mujeres que han sobresalido en este ámbito. Dos de ellas son Madeleine Dupont y María Eliana Christen, más conocidas como las "abuelas voladoras". Se ganaron este apodo en marzo de 2004 cuando iniciaron una travesía de 76 días a bordo de "Juliet", monomotor Beechcraft Bonanza del año 1981, en que por primera vez en la historia cruzaron el Atlántico y recorrieron tres continentes (América, África y Europa). La gran pasión de ambas mujeres ha sido siempre la aviación. Dupont ya suma más de 2.300 horas de vuelo, posee licencia comercial, habilitación en multimotores y de instructor de vuelo. Por su parte, Christen, tiene licencias de piloto privado y paracaidista con más de 2.500 horas de vuelo. Además, es sicóloga con entrenamiento en la NASA.

 

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